Hay una grieta en el techo de hierro del sector agrario. Se llama agroecología.

En el sector convencional, los números duelen: menos acceso a la tierra, trabajo invisible en las fincas y en los hogares, una titularidad compartida que sobre el papel existe pero que sin medidas reales de acompañamiento no llega a cambiar casi nada. Escasa representación en cooperativas, en OPAs, en cualquier espacio donde se decida qué se planta, quién cobra y cómo se reparte. Brechas salariales, doble y triple jornada, mayor vulnerabilidad ante el cambio climático. Los datos están ahí, verificables y contundentes, para quien necesite cifras. Pero hoy queremos hablar de lo que hacemos con todo eso.

Porque algo cambia cuando el modelo cambia

La agroecología, por su propia naturaleza, pone la vida en el centro. Y históricamente, las mujeres han sido custodias de esa vida: de las semillas, de la tierra, de la alimentación como acto de cuidado y de cultura. No es casualidad que en los proyectos agroecológicos la presencia femenina —como titulares, como técnicas, como impulsoras de procesos colectivos— supere con creces la media del sector. El proyecto EcoTerRes, impulsado por SEAE en Girona, Málaga y Mallorca, lo ha podido constatar: donde cambia el modelo productivo, también cambian las estructuras. El avance es real, y nos dice que la forma en que producimos importa tanto como lo que producimos.

Desde SEAE entendemos el ecofeminismo como algo que se hace, no solo que se nombra. Reconocer que la dominación de la naturaleza y la dominación de las mujeres tienen raíces comunes nos obliga a actuar en consecuencia en todo lo que hacemos.

En nuestros procesos participativos con ecoterritorios, los cuidados y la igualdad son criterios de trabajo, no añadidos decorativos. Cuando seleccionamos fincas faro —referencias productivas que sirven de modelo y de aprendizaje para el sector—, buscamos activamente experiencias donde las mujeres sean protagonistas y donde el reparto justo de tareas sea parte del diseño, no una excepción.

Cambiar el enfoque en cómo producimos y cómo nos alimentamos no solo le da a las mujeres el reconocimiento que merecen: asegura calidad de vida, diversidad biocultural y economías rurales más justas, para ahora y para quienes vengan después.

Lo que pedimos este 8M

Políticas públicas que hagan real lo que solo existe en el papel: acceso efectivo a la tierra, asesoramiento y recursos para que la titularidad compartida funcione de verdad, representación en los espacios de decisión agraria, reconocimiento del trabajo invisible, protección para las trabajadoras más vulnerables. Y apoyo decidido a la producción ecológica y la agroecología, que ya están demostrando que otro modelo es posible.

Sin relevo feminista, no hay transición agroecológica.


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